Jardines de verano, el arte de la espera

En la observación lenta de las cosas, con su idioma silencioso, las plantas nos están diciendo algo. Armar plantines para compartir es una forma de conversar con otras generaciones.

Juan Mendoza (Clarín)

Las salvias negras están florecidas. Son de las plantas favoritas de los colibríes, que las visitan insistentemente a toda hora. Pilar vuelve a su casa después de unos días afuera. Y lo primero que hace es recorrer el parque. El viento de hace dos noches debió haber sido muy fuerte porque el rosal se quedó casi sin pétalos. Camina despacio. Observa cómo han crecido las alocasias. Disfruta esos crecimientos. Y procura no lamentar mucho las mermas. La larva de la avispa del rosal, por ejemplo, está haciendo estragos. Se esconde detrás de las hojas. Y cuando se la detecta, a veces ya es tarde.

Más allá, la enredadera de las rosas vuelve a insistir con nuevas guías trepando en la ochava. Mientras pasea, también piensa en los errores de cálculo. La verbena bonaerense y la lippia alba se juntaron demasiado y están generando un pequeño caos a la vista. No todo queda bien con todo. Hay que ecualizar. Usa esa palabra, tomada del universo de la música, para pensar en los ajustes que todavía debe hacer. Da una vuelta por los frutales. Toca las hojas del limonero. El palto y las fabáceas se habían helado en invierno. Pensó que tendría que sacarlos, aceptar las pérdidas y darles su lugar a esquejes nuevos. Pero con la primavera volvieron a brotar.

Las achiras y las dracenas también habían sufrido mucho, pero reaparecen ahora con el calor. Algunas cosas que parecían perdidas en julio explotan con toda su vitalidad en enero. Hay plantas resilientes. La jardinería es también un arte de la espera y de la premeditación. Buscará para ellas un mejor sitio para el próximo invierno. En el lateral este de la casa tal vez. Y habrá que desviar con cebo el camino sinuoso de las hormigas.

En verano, el jardín se vuelve un espacio para dar una vuelta apacible. Temprano en las mañanas o al atardecer. En la observación lenta de las cosas, con su idioma silencioso, los jardines nos están diciendo algo. Observar si las plantas están resistiendo este calor. En el paseo, Pilar cosecha unas hojas de cedrón. Al blend para los mates, con partículas disecadas de naranja, ella le suma las hojas frescas de la verbena.

Otra de sus tareas frecuentes es preparar plantines: cortar, poner en agua, esperar. Recuerda cómo inició su jardín: con los gajos que le obsequiaron Silvia, Elvira y María Elena. Pasadas por otras manos –manos de dedos verdes, como le gusta decir–, las plantas llegaron a su jardín procedentes de otros jardines; y de otros jardines procedentes de otros jardines a su vez. Armar plantines para compartir es una forma de conversar con otras generaciones. Los jardines no solo se cultivan: también se transmiten.

A la tarde, cuando el sol baja, el parque se va volviendo ese espacio intermedio. Una tijereta pasa volando y corta en dos el plano liso del cielo. Los aspersores giran en automático. Y esparcen el aroma del petricor por todo el parque. Aparecen copas frías sobre la mesa de exterior. Son los preparativos para el atardecer, que ya ha comenzado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Qué es el divorcio gris y por qué está en aumento

Los creadores detrás del éxito de OLGA