EL DIARIO: Crónica del final


A la hora de la siesta nunca pasa nada. Los funcionarios bajan persianas, los negocios abren pasadas las 5 de la tarde, los guardias bostezan en las puertas de ingreso de los despachos oficiales y poca gente anda por la calle.
A la siesta no pasa nada.
Las veredas son más anchas, no hay casi tránsito, el sol golpea más indolente y, en verdad, no pasa mucho más que eso en esta ciudad: a la siesta todo se pone en pausa.
Este viernes 23 de febrero, el último viernes de febrero, sin embargo, algo pasó a la siesta: un mensaje de whatsapp avisa que el fin de semana no va a pasar nada.
Una noticia que es una no-noticia: no va a pasar nada.
Entonces, como no va a pasar nada, se bajan las persianas hasta un futuro incierto en el que algo pasará. O en potencial: pasaría. Muy en potencial.
Eso avisa un mensaje de whatsapp en cadena: que la Redacción de “El Diario” de Paraná se cierra, en una estrategia de enfático lock out patronal que pretende ser un aviso parroquial. Algo así como nos vemos el lunes, que tengan un buen fin de semana.
“El Diario” se cierra el fin de semana. ¿Se abrirá “El Diario” el lunes, como abren los Tribunales, o la Administración Pública, como abren los negocios y los puestos callejeros, como abren el kiosco de la esquina y el puterío, como abren el banco y la financiera?
¿Entonces?
Un diario nunca se cierra: trabaja mientras otros descansan, las redacciones funcionan contrarreloj, en días feriados, en horarios insólitos, con gente enferma de amor por el oficio pero también con timoratos e inescrupulosos.
Eso ha sido así desde hace más de cien años. “El Diario” nunca cerró por una disposición administrativa de un burócrata a través de un mensaje de whatsapp: lo clausuraron, lo vapulearon, lo intimaron pero en pujas de poder, en debate de ideas, en tironeos políticos. Jamás por los tropiezos de un financista que no sabe cómo pagar salarios.
Eso, fatalmente, es lo que pasa ahora.
“El Diario” de Paraná cierra: y cierra por decisión de sus dueños, el empresario rosarino Ramiro Nieto, ligado al urribarrismo, y la familia del ministro de Agroindustria de Macri, Luis Miguel Etchevehere.
Este viernes, a esta hora, esa es la certeza más elocuente: que cierra.
Hay otra incertidumbre, más oscura: no se sabe cuándo volverá a imprimirse “El Diario”.
Es incierto cuándo ocurrirá eso, y si ocurrirá.
Todo, así, por medio de un mensaje de whatsapp.
“El Diario” es parte de la historia de la ciudad: nació el 15 de mayo de 1914, y en su edificio hay marcas de todo ese tiempo que pasó.
Hay placas de bronce, tapas históricas -el triunfo de Alfonsín al regreso de la democracia, en 1983; antes de eso, en plena dictadura; el triunfo en el Mundial de 1978; el rostro de un presidente norteamericano,  Nixon, en portada-; una vieja linotipo arrumbada debajo de una escalera, arropada por un potus que crece sin pasión; una “galería” de tapas y títulos que los redactores armaron para mostrar todo lo pésimo que puede ser un diario cuando se pone en manos de gente que no: la mordacidad es a veces un arma para defenderse del espanto.
Ahora, este viernes 23 de febrero de 2018, hay un silencio que aterra: no hay nadie, no hay nada, sólo los restos de un naufragio feroz.

A las siete, exactamente a las siete, el colega Jorge Riani subió a la Redacción y filmó un video con su teléfono celular, que es un resumen demoledor de lo que comenzó a la siesta: la certeza de que un diario cierra. Lo cierran.
“Me resulta inevitable pensar en nombres. Me resulta inevitable pensar en tanta gente que pasó por acá, y que tuve en suerte conocer, y otra que no tuve en suerte conocer, sino a través de sus escritos y sus obras. por esta casa pasó Juan L Ortiz, Amaro Villanueva, Marcelino Román, Andrés Chabrillon, cuántos otros han pasado, como el Piojo Zaragoza, Elio Leyes, Celeste Mendaro, y muchos más”.
Dice Riani. Relata Riani mientras anda sobre los restos del naufragio, con su teléfono celular en mano, hilando una historia de lo que ya no es. De lo que ya no será.
En este lugar donde ahora hay monitores de PC olvidados, cables cortados, mesas destruidas, sillas desarmadas, luces apagadas, ningún mortal, hubo una Redacción de verdad, no la pálida mediocridad de los últimos años.
De todo eso, no queda nada: sólo olvido y oscuridad, y un mensaje de whatsapp que anuncia que la Redacción se cierra.
Triste, solitario, final.



Ricardo Leguizamón
De la Redacción de Entre Ríos Ahora.

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