El Diario: 104 años y el saqueo de sentido

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Escribe Julián Stoppello De la Redacción de Entre Ríos Ahora.

El primer aniversario lo vi por televisión. Lo transmitía en vivo un canal local. Si aceptara el filtro de la distancia, del tiempo, con algo de ironía –que no suele ayudar en nada- seguro podría decir otras cosas de esa fiesta, pero en aquel momento yo sé que me pareció algo importante, tanto como para que un canal local hiciera un esfuerzo inusual y transmitiera en vivo. Eso se notaba y se notaban muchas luces y un aire de solemne orgullo.

Podía ser el 80 aniversario. Yo tenía entonces 17 años y estaba por empezar a estudiar Comunicación Social. El Diario, con su lema “Institucionalizar el país”, representaba la portada de una expresión social que estaba justo del otro lado de cada una de las consignas que me simpatizaban. Pero era un edificio, una institución y una visión de una provincia que se pretendía, desde esas páginas, más seria de lo que en verdad era. El Diario era más serio que los gobiernos, más prolijo que el Estado. Daba esa sensación de lejos.

Cuando empecé a trabajar en un medio de comunicación, El Diario era el que demarcaba toda la agenda y resultaba un verdadero regocijo llegar antes en alguna idea o en alguna noticia, aunque nadie hiciera caso a la primicia, justamente, porque no salía en El Diario.

Desde el rincón donde aprendíamos con otros amigos a hacer periodismo, El Diario era también el que no se jugaba mucho por nada y nos miraba de arriba, despreocupado de nuestras maniobras quejumbrosas.

Claro que si El Diario te llamaba a trabajar en su edificio –físico e histórico-, todas las teorías y elucubraciones anteriores se quedaban mudas. Como si a un pibe de Patronato, con el corazón bostero, lo llamase River para debutar en primera. No era así, pero más o menos.

Una vez ahí adentro, la percepción se daba vuelta o, mejor dicho, se abría en varios pedazos. Tenía tantos niveles posibles de comprensión, de bajeza, de altruismo, de mentira, de verdad, de valentía, de silencio, de puntos suspensivos. Casi como cualquier otra institución. Pero yo no conocí tantas otras y sí El Diario. Y me gustaba, al principio, demasiado.

Pasaba más de diez horas sin ninguna necesidad de estar tanto tiempo. Había encontrado un lugar y tenía la suerte de, en ese mismo lugar, conocer personas que me iban a enseñar -en algo más de diez años- a hacer un oficio, a creer en eso hasta cuando te reís de la peor manera de tus errores,  pero también a vivir en esto, con todos los condimentos que trae encima. Y me lo iban a enseñar con tanta generosidad y viernes por la noche, que no los voy a poder dejar de nombrar al aire en ninguno de los días que me toquen.

Empecé a trabajar ahí, a decir verdad, en un tiempo de decadencia sutil que no llegué a respirar concientemente hasta el tercer o cuarto año de experiencia. Al principio escuché de los periodistas que vivían en el mismo edificio en que funcionaba en la redacción. ¡Un edificio de periodistas! Cobré mis primeros 20 sueldos, por lo menos, un día antes del primero de mes porque eso era orgullo de la empresa y trabajé en escritorios impecables, con sillones mullidos y computadoras flamantes. Escuché mil veces y repetí  quinientas, que en esas mismas páginas habían estampado sus firmas Juanele Ortiz, Carlos Mastronardi, Amaro Villanueva. Julio Blanco me contaba cuando salía hacer notas con Marcelino Román y el poeta  se demoraba en los bares de la periferia con especialidades en quesos y vinos de la casa. Compartí redacción y algunas conversaciones, sin entender mucho de nada, con Celeste Mendaro. “Como adjetivan los de deportes, por favor”, se quejaba ella. ¡Y tenía tanta razón!

Pero también estaban Mandy y Alejandro, que se podían reír de la crueldad del mundo a carcajadas con la candidez de un pibe que cree en la complicidad del otro y en el afecto que crece en el encuentro espontaneo. Pero estaban los otros también. Los otros que estaban rotos o los otros que están en todas partes, con la mirada oblicua, con ese miedo a todo, con ese odio a todo. Con esas ganas de escribir obituarios y declaraciones de la nada.

Todo, igual, parecía funcionar más o menos en alguna dirección en una empresa cruzada por una pelea familiar latente que dividía las aguas y nunca se terminaba de creer del todo.

Desde el 2001 en adelante se sucedieron una serie de consultores, líderes para el cambio, especialistas en el futuro.

Los aniversarios que me tocaron, ya venían tullidos o en penumbras.  Y lo que vino después, lo tendría que contar Walter Grenón, Sergio Urribarri, Ramiro Nieto, en conjunto con la familia Etchevehere. Pero especialmente Urribarri y su entonces Ministro de Cultura y Comunicación, Pedro Báez. Ellos dos lo hicieron a plena conciencia. Porque El Diario podía ser algo de lo que veíamos de lejos y otro tanto de lo que veíamos de cerca, pero era una herramienta de la vida democrática de acá. La herramienta más valiosa del periodismo entrerriano. Y la saquearon de sentido.

Yo paso por la puerta ahora y veo una librería religiosa y las luces del fondo apagadas. Yo no sé si es así, pero lo creo, para mí que El Diario de Paraná vaya encontrando su final de este modo, hace que esta provincia, que la historia de esta provincia, resulte un poco peor.

Hoy, ya me olvidaba casi, El Diario de Paraná cumple 104 años. Por eso empecé a escribir esta nota.

Julián Stoppello De la Redacción de Entre Ríos Ahora.

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